domingo, 2 de marzo de 2008

CONSTRUCCIÓN DE LA MASCULINIDAD Y RELACIONES DE GÉNERO

CONSTRUCCIÓN DE LA MASCULINIDAD Y RELACIONES DE GÉNERO

Expositora: Laura E. Asturias (leasturias@intelnet.net.gt)

Foro:

"Mujeres en Lucha por la Igualdad de Derechos y la Justicia Social"

Ciudad de Guatemala, 5 de marzo de 1997

La conocemos desde hace tantos años, y aun ahora hace estremecer esa
parte sensible que anidamos entre el pecho y el vientre. Talvez sea que
vivimos esa canción como una segunda piel nuestra -- un hijo, una hija,
algún ser querido --que ahora descansa en la tierra, y Mercedes Sosa no
hace más que recordárnoslo. Ha sido, en verdad, "un monstruo grande que
pisa fuerte", esta guerra cruel librada por tanto tiempo y que ha
arrasado con tanta piel guatemalteca. Una guerra que no acaba con un
puñado de firmas plasmadas en un papel oficial, porque no es en papel
donde se siembra la paz.

Todavía percibo la paz como aquello que nos hace posible vivir con
dignidad, cobijar lo querido y lo nuestro bajo techo y entre paredes
firmes; poder tomar un libro y comprenderlo más que adivinarlo; y tener
la certeza de que, llegado el nuevo día, habrá más que una tortilla para
saciar el hambre que punza el estómago, y un trabajo gratificante que
compense justamente nuestro esfuerzo.

Ciertamente cuesta sembrar la paz donde impera la arrogancia, entre
tanto privilegio otorgado sin merecimiento alguno, entre tanta pistola
en manos de niños que apenas han dejado el pañal y que ni siquiera han
conocido la plenitud del amor pero que ya sueñan y se obsesionan con
matar.

Simples hechos que, entre muchos otros, dan cuenta de la tarea que
tenemos por delante, ahora que algunos han depuesto oficialmente las
armas, mientras otros nos amenazan cotidiana e impunemente con ellas.
Una tarea de reconstrucción que, al igual que el tiempo invertido en
demostrar quién podía más -- aunque algunos con más justificación que
otros --, ahora requerirá de igual número de años, pero con un impuesto
obligatorio para todas y todos: las consecuencias de la violencia
generada por tanto juego de poder. Mas no entraremos aquí en el
conocido relato histórico de cómo se construyó esta última guerra.

Lo que considero relevante -- en este momento histórico de búsqueda de
las verdades pasadas para transformar el hoy, el mañana y el aquí -- es
reflexionar acerca de cómo se construyen quienes hacen la guerra y cómo
se aprende esa supuesta hombría que contribuye a generar y prolongar
conflictos armados, que engendra niños pistoleros y fomenta una
arrogancia que no debe tener lugar a las puertas de un nuevo milenio.

Habrá quiénes se pregunten por qué es una mujer quien viene hoy aquí a
hablar sobre la masculinidad. A esto yo plantearía: ¿Por qué no una
mujer, cuando no son los hombres quienes lo estén haciendo públicamente
y, con muy escasas excepciones, ni siquiera aquellos que en la práctica
son muy solidarios con las mujeres?

Es posible comprender el vínculo entre las relaciones de género y la
construcción de la masculinidad hegemónica, una masculinidad dominante
que no es otra cosa que toda la gama de conductas que aprende la mayoría
de los hombres en el país. Se trata, en síntesis, de una masculinidad
sexista, homofóbica, por lo general racista y, concretamente,
patriarcal.

Pero la comprensión de este vínculo requiere, como mínimo, de la
voluntad de dejarnos confrontar por todos aquellos asuntos que nos
resultan desagradables y no nos conviene analizar; asuntos que nos
desafían a cambios radicales y a menudo dolorosos. Porque hablar de la
masculinidad hegemónica implica hablar de discriminación, de sexismo y
de injusticia. No hacerlo equivaldría a hablar de cambios mas no de
revolución; o hablar sobre el aborto y "olvidar" mencionar a la iglesia
católica.

El tema de mi ponencia este día fue de mi elección, y mi intención es
motivar reflexiones en un campo en el que me considero todavía
inexperta. Es por esto que, más que una receta sobre lo que
personalmente considero que debería cambiar, compartiré con ustedes una
parte de los escritos, aprendizajes y reflexiones de varios hombres de
otras sociedades comprometidos con la transformación de la masculinidad
dominante. Adelante hablaré sobre ellos, pero desde ya quiero dar el
crédito que corresponde a las siguientes personas por sus aportes:

En Australia, Michael Flood, editor de la revista XY; Nick Sellars, Bob
Pease, Dez Wildwood y Ben Wadham, columnistas de esa publicación. Ana
Criquillion y Giovanna Mérola, escritoras de la revista chilena
Mujer/Fempress. En Nicaragua, Edgar Amador, psicólogo y profesor de la
Universidad de Managua. Y el escritor guatemalteco Mario Alberto
Carrera.

Nuestra sociedad acepta intelectualmente los valores de igualdad,
libertad y autonomía, que explícita o tácitamente están plasmados en la
Constitución Política de la República. Estos valores, sin embargo, no
se han traducido aún en comportamientos y políticas congruentes con
tales conceptos. Y la más viva prueba de ello la encontramos en nuestra
propia casa, en la manera en que seguimos formando a niñas y niños.

Aunque se reconoce que las cosas están cambiando, un alto porcentaje de
niñas y niños continúa aprendiendo, desde muy temprana edad, que "el
mundo de la mujer es la casa y la casa del hombre es el mundo". De
acuerdo con este guión socialmente determinado, los varones juegan a ver
quién es el más fuerte y audaz en ese mundo que es su casa; quién es el
más hábil y valiente, el más capaz de desafiar las normas establecidas y
salirse con la suya. Es decir, aprenden a jugar a "ser hombres" y se
supone que todo ello afianza la masculinidad tal como nuestra sociedad
la percibe.

A las niñas, por su lado, se les induce no a jugar a "ser mujeres" sino
a jugar a "ser madres", y se les proveen los implementos necesarios --
muñecas, ollitas y planchas diminutas -- que les permiten desempeñar el
papel que se les asigna para beneficio de la comunidad en su conjunto:
el de amas de casa, esposas y madres.

Como sociedad, no hemos aún analizado y apreciado, en toda su magnitud,
el daño que causamos a niños y niñas a través del rígido
acondicionamiento que les imponemos. Y es esa falta de análisis y
apreciación lo que nos mantiene en un modelo de formación nocivo y
potencialmente destructivo, pues es el producto de acciones y actitudes
que, paradójicamente, niegan y contravienen otros valores vitales para
la convivencia, como lo son la ética, la solidaridad, el reconocimiento
mutuo y el respeto a la vida, a la individualidad y a la diversidad
humana.

Llegada cierta edad, a los varones les impedimos expresar ternura,
cariño, tristeza o dolor, todas expresiones de humanidad, y les
permitimos solamente la ira, la agresividad, la audacia, y también el
placer, como muestras de la masculinidad ideal. Es así como construimos
el "macho" castrado de su sensibilidad y en buena parte de su amor y con
un comportamiento caricaturesco en su agresividad.

En las niñas, por el contrario, reprimimos las manifestaciones de
agresividad, de ira, y también de placer, y exaltamos las de ternura,
dolor y sufrimiento. Es así como construimos la mujer "víctima",
sufrida, abnegada, desprovista de audacia y caricaturizada en las
expresiones de tristeza y dolor.

Los hombres sienten tanto como las mujeres, pero aprenden a ocultar sus
sentimientos, a través de un acondicionamiento potente y a menudo
violento, desde los años formativos que determinan la conducta humana.
En algún momento de la historia -- seguramente hace unos siete mil años
con el establecimiento del patriarcado -- se les robó a los hombres la
posibilidad de la ternura, la expresión de sentimientos y la capacidad
de crianza, clasificándolos como "débiles" al tener alguna de estas
características y, por tanto, potencialmente "peligrosos" para la
formación de su descendencia.

El niño aprende rápidamente acerca de su género, y con ello se percata
de que se convertirá en hombre. Y la forma en que los niños construyen
sus ideas acerca de la masculinidad se ve complicada por un factor clave
en la sociedad actual: la falta de padres. Aunque el papel activo del
padre es de crucial importancia para la formación del niño, muchos
hogares carecen de una presencia paterna y, cuando sí la tienen, es
común que ésta sea deficiente por diversas razones.

Hoy en día, padre e hijo comparten períodos de tiempo muy cortos,
usualmente después de un arduo día de trabajo y con el padre en estado
de agotamiento. Los hombres están en el campo, las fábricas u oficinas
y los niños pasan cada vez más tiempo en la escuela, cuando tienen
acceso a ella, o deambulan por las calles, sin orientación alguna,
cuando no asisten a clases. A esto se suman los altos grados de
alcoholismo y violencia masculina en el hogar que profundizan las
deficiencias en la función afectiva del padre. Todo ello implica que
los niños tengan, como modelos, aspectos muy limitados de la conducta
masculina, y no todo el espectro de la masculinidad y de lo que
significa ser un verdadero hombre.

Es también notoria la falta de "hombres sabios" en nuestra sociedad, y
más aún en la población ladina. "Hombres sabios" son aquellos que han
aprendido acerca de sus propias profundidades, debilidades y fortalezas
y tienen la capacidad, el deseo y el compromiso de transmitir su
aprendizaje y sabiduría a otros más jóvenes. Hay quienes afirman que
sin "hombres sabios" la sociedad se devora a sí misma y que un joven es
violento con otros y consigo mismo pues carece de un modelo integral de
masculinidad y nunca llega a tener la orientación de un "hombre sabio".

También las escuelas juegan un papel de suma importancia en la
construcción de la masculinidad. En las escuelas primarias, las mujeres
constituyen el mayor porcentaje de docentes. Muchos niños, al igual que
niñas, pasan por la primaria sin un solo hombre como maestro.

Ante la separación física y emocional entre hombres y jóvenes, entre
padre e hijo, es más difícil aprender el significado de la
masculinidad. Sin embargo, todos los niños deben crecer y convertirse
en hombres, porque no tienen otra opción, y lo aprenderán de una u otra
forma. En nuestra sociedad son evidentes tres métodos de aprendizaje de
la masculinidad, y los tres son peligrosos.

En primer lugar, los niños comúnmente aprenden acerca de la masculinidad
a través de los medios de comunicación. Un niño típico mira más
televisión que a su padre. Dejando a un lado el potencial educativo
positivo de la televisión, ésta usualmente presenta tres tipos de
hombre: el deportista ultracompetitivo, el hombre violento o criminal y
el alcohólico o drogadicto.

Las imágenes percibidas por el niño son, entonces, de hombres agresivos,
invulnerables, insensibles, emocionalmente cerrados y muy negligentes
respecto a su bienestar personal. Y, como bien lo saben las maestras y
los maestros, son éstas las conductas más evidentes en la escuela.
Simplemente no hay mucho de dónde los niños y los adolescentes puedan
escoger, y tampoco ayuda el que estos modelos sean reforzados
cotidianamente en los hogares y las comunidades.

La segunda fuente de modelos de masculinidad viene del grupo de amigos.
Los jóvenes pasan mucho más tiempo con muchachos de su edad que con
hombres adultos. En estos grupos gana siempre el más agresivo y
violento, el que más desafía la autoridad. Y es él quien termina dando
el ejemplo de una masculinidad "exitosa", porque al final su conducta
consigue lo que pretende.

La tercera forma en que los niños y los jóvenes aprenden acerca de la
masculinidad es por reacción. Si los modelos de la televisión y del
grupo de amigos son negativos, éste es potencialmente más dañino para la
convivencia humana, ya que al no poder aprender sobre la masculinidad
pues en la casa y la escuela está rodeado de mujeres, el niño llega a
interpretar el concepto de "masculino" como "no femenino".

El peligro particular en esta forma de aprendizaje de la masculinidad es
que usualmente se acompaña del desarrollo de una actitud antagónica
hacia las mujeres, de una cultura anti-mujer en la cual se degrada todo
lo percibido como "femenino" y se evitan a cualquier costa cuestiones
tales como mostrar emociones, cuidar de otras personas y del propio
cuerpo, hablar sobre sentimientos, y también algo crucial para la
educación de los varones: ser buenos en la escuela.

Lo que tienen en común estas tres formas de aprendizaje es que
transmiten cotidianamente, a niños y jóvenes, una imagen altamente
estereotipada, distorsionada y limitada de la masculinidad.

La identidad sexual que asume la mayoría de hombres responde a un guión
socialmente determinado que exagera las conductas más asociadas con la
masculinidad, entre las cuales destacan la indiferencia, la prepotencia,
el falocentrismo, la obsesión por el orgasmo y también la multiplicidad
de parejas. La construcción de la masculinidad hegemónica está
directamente vinculada con la adopción de prácticas temerarias y de
graves riesgos (como en el caso de la actividad sexual, al rechazar el
uso del preservativo para prevenir el SIDA y otras enfermedades de
transmisión sexual) y también el consumo de alcohol, que suele facilitar
la conducta sexual insegura. Y, por lo general, los campos de
experimentación, los escenarios donde se actúa el guión masculino, son
el cuerpo y la vida de las mujeres.

Aunque es cierto que tanto las mujeres como los hombres pierden por la
asignación de rígidos papeles sociales basados en razones puramente
biológicas, también lo es que siempre serán ellas quienes lleven la peor
parte, pues son las mujeres a quienes se despoja de poder en la práctica
sexista que mantiene el poderío masculino. Es por ello que el feminismo
significa y propone una redistribución del poder en la sociedad, para
que los hombres como grupo dejen de ejercer poder sobre las mujeres y de
oprimirlas como grupo.

En uno de sus artículos, el australiano Michael Flood señala que el
sexismo y el feminismo podrían parecer relevantes sólo para las
mujeres: "Después de todo, son las mujeres quienes adquieren menos
empleos o promociones en el trabajo. Son ellas quienes están
subrepresentadas en la política e invisibilizadas en el lenguaje. Y son
ellas quienes más sufren el acoso, el abuso y la violación sexuales, y
cuyos cuerpos son continuamente cosificados en la pornografía y los
medios de comunicación."

Es imposible hablar de feminismo sin hablar de sexismo. Porque, tal
como plantea Flood, "si las mujeres no participan tanto en el trabajo
formal y la política, ¿quiénes lo hacen? ¿Quiénes las someten al acoso
sexual y la violación? ¿Quiénes sí son visibles en el lenguaje?" Éstos
son ejemplos importantes y ampliamente diseminados del poder de los
hombres sobre las mujeres. Y también son ejemplos de las formas en que
todos los hombres se benefician del sexismo.

Es fácil reconocer incidentes individuales y grupales del sexismo y del
poder de los hombres sobre las mujeres: el hombre que toca a una mujer
que camina por la calle; los hombres que, después de una fiesta o
reunión, continúan hablando, sin inmutarse, mientras las mujeres
limpian, lavan y guardan cosas; el gerente de un banco que niega un
préstamo a una mujer soltera o un crédito agrícola a una mujer indígena;
o varios hombres jóvenes que violan a una mujer.

El poderío masculino se refleja, dolorosamente, en el hecho de que los
hombres cometen alrededor del 90 por ciento de los crímenes violentos,
incluyendo casi el 100 por ciento de las violaciones a mujeres, niños y
niñas. La masculinidad aprendida y también la heterosexualidad
aprendida son factores cruciales que explican las diversas violaciones
dentro del contexto del poderío masculino.

Pero más allá de estos despliegues individuales o grupales de brutalidad
y opresión, se encuentra toda una estructura de poder: el patriarcado.
Vivimos en una sociedad que, al igual que muchas otras en el mundo,
trabaja en función de los intereses de los hombres. En la mayoría de
los casos, quienes dirigen las corporaciones, los departamentos
gubernamentales y las universidades, son hombres que disponen las cosas
de tal forma que para las mujeres es sumamente difícil, cuando no
imposible, ganar acceso a posiciones de alto nivel. Éste es sólo un
ejemplo de la naturaleza estructural del poder masculino, que a su vez
da forma a las interacciones individuales entre hombres y mujeres.

Los beneficios del sexismo y del patriarcado para los hombres existen
también a escala global. No es una simple casualidad el hecho de que
los hombres perciban el 90 por ciento de los ingresos a nivel mundial y
posean el 99 por ciento de las propiedades.

Sexismo es el plano donde se encuentran, sin mayores diferencias, los
hombres de la izquierda y de la derecha, quienes mantienen discursos
aparentemente democráticos pero que al final dañan a las mujeres, las
cosifican y excluyen de las decisiones que las afectan. ¿Llegará,
acaso, el día en que Pablo Monsanto se preste, "en pie de igualdad", a
salir sonriente y en calzoncillos en la primera página de un diario
mientras sus compañeras se presentan totalmente vestidas?

Sexismo es hacer uso de la prerrogativa masculina para abandonar física
y espiritualmente a los hijos y las hijas cuando las responsabilidades
de la paternidad y la convivencia empiezan a resultar abrumadoras. Es
sexismo el que, en un país donde la mayor parte de la legislación fue
elaborada por hombres para beneficiar primordialmente al sexo masculino,
los hombres se quejen cuando, tras una separación o un divorcio, alguna
ley les obliga a contribuir a la manutención de sus hijas e hijos.

En actividades mixtas como ésta, en las que se intenta analizar las
relaciones de género dentro del contexto del patriarcado, no es extraño
que algún hombre afirme que si las mujeres tenemos a nuestro cargo la
crianza de los hijos, somos nosotras las "culpables" del machismo. Al
culparnos por la perpetuación del patriarcado, se olvida,
antojadizamente, que el "no estar" es también una potente forma de
enseñar la masculinidad. Es siempre mucho más fácil culpar a las
mujeres cuando no se desea aceptar que la ausencia y la conducta del
padre -- al igual que los comportamientos de muchos hombres en la
comunidad -- son, de hecho, los modelos que absorbe el niño que debe
aprender a ser hombre. Y es siempre mucho más fácil examinar las formas
en que los hombres perciben que se les niega su pleno potencial que ver
cuánto se benefician en áreas donde a otras personas se les niega el
suyo.

El sexismo incluye todos los aspectos de la conducta y las costumbres
masculinas, del lenguaje y de las instituciones sociales -- tales como
la familia, el matrimonio y la educación -- que crean, refuerzan y
también provienen de las desventajas experimentadas por las mujeres. A
los hombres les interesa perpetuar el sexismo pues éste les representa
poder, privilegios y prestigio, además de un grupo entero de personas
sobre quienes pueden sentirse superiores: las mujeres.

Los hombres aprenden a ejercer poder sobre las mujeres, y este ejercicio
incluye no escuchar la voz de las mujeres, subordinar los deseos y la
voluntad de ellas a los suyos, y concentrarse en el cuerpo femenino como
un objeto y una imagen y no como la expresión integral de una persona
completa, consciente, con derechos y sentimientos. Y han aprendido
también que su poder patriarcal es "natural" y que no puede ser
cambiado, lo cual forma parte de la ideología del sexismo, que justifica
y legitima la opresión de las mujeres. Sin embargo, el poder patriarcal
sí puede ser transformado en un modelo de convivencia más equitativo, y
es a raíz de esta certeza que nace el llamado "movimiento de hombres".

Hoy en día se evidencia un cambio en la conciencia y la comprensión de
las relaciones de género y de poder, motivado por los desafíos que a
nivel mundial ha planteado el movimiento feminista. Un cambio que
también es compartido por hombres que se han atrevido a imaginar y vivir
su masculinidad en formas no opresivas, ni para ellos mismos ni para
otras personas; hombres que, a la vez de reconstruir radicalmente su
masculinidad, apoyan explícitamente las demandas de las mujeres.

Son hombres que han aceptado con profundo respeto las experiencias de
las mujeres bajo la tiranía del machismo y que se han visto reflejados
en esas experiencias al reconocer no sólo su papel de opresores, sino
también el sufrimiento y los comportamientos autodestructivos por los
que debieron pasar para acceder a la virilidad.

Estos hombres creen en la necesidad de reflexionar juntos y apoyarse
mutuamente para superar las heridas causadas en sus vidas por el
patriarcado. Pero también reconocen que en nuestras sociedades,
dominadas por hombres, la experiencia masculina del dolor viene
acompañada de un mecanismo de compensación: la posibilidad de confirmar
su poder y dominio sobre quienes no son hombres (las mujeres), quienes
todavía no lo son o nunca lo serán (los niños y las niñas) y aquellos
que no están conformes con las normas hegemónicas de la sexualidad
masculina (los homosexuales).

Es por ello que estos hombres que se han sumado a las filas feministas,
y que se autodenominan "profeministas", saben que no basta con ser
"buenos" o "tiernos" con las mujeres, las niñas y los niños, que no
basta con combatir sólo el sexismo y la violencia masculina, sino que su
lucha debe enmarcarse en acciones concretas, positivas y creativas,
asumidas con compromiso y determinación, para erradicar todos los
patrones de opresión. Es así como también luchan activamente contra la
homofobia y el racismo.

Son hombres que han sabido apreciar la lógica humanitaria e incluyente
en las propuestas que tantas mujeres alrededor del mundo han aportado a
la reflexión sobre las relaciones de poder entre los sexos. Admiten
haber aprendido mucho de ellas y reconocen que los esfuerzos de los
hombres por lograr cambios sociales sustanciales sólo podrán ser
legítimos y efectivos si trabajan junto a las mujeres en pie de
igualdad. Son hombres que han aceptado el desafío de ser más
respetuosos y honestos pues saben que ello afianzará sus relaciones
personales y permitirá que sus coaliciones políticas sean más sólidas.

Son también hombres que, por su franca oposición al sexismo, al racismo
y a la homofobia, han debido afrontar, en sus culturas, todo tipo de
burlas, hostigamiento y también cuestionamientos acerca de su hombría.
Saben que, al actuar con valentía, cuestionar las normas, alzar la voz y
hacer públicas sus creencias y emociones, se arriesgan a que los aíslen
y los ataquen por considerarlos "raros" y aun homosexuales. Pero son
hombres que no han permitido que tales actos y actitudes, producto del
temor de los machos a perder su poderío, los alejen de su postura y del
compromiso de erradicar la opresión en todas sus manifestaciones.

Son hombres conscientes de que los más fieles practicantes del sexismo
tienen un profundo interés en que las cosas continúen como están. Aquí
voy a citar de nuevo a Michael Flood: "Los hombres ganamos mucho con el
sexismo: tenemos alguien que cuida de nosotros, que cocina, lava y
limpia para nosotros; que nos alimenta, nos consiente, nos alivia y nos
halaga. Si el sexismo desapareciera, tendríamos que crecer y cuidar de
nosotros mismos. Y tendríamos que aceptar que, después de todo, no
somos tan especiales como nos hemos creído."

Los hombres profeministas se han concentrado en la violencia de los
hombres contra las mujeres, la pornografía, la discriminación sexual y
las desigualdades de poder por razón de género. Y han descubierto en el
camino que, para muchos hombres, los conceptos de sexismo y de opresión
son todavía una píldora demasiado difícil de tragar. Porque el
movimiento de hombres no es, en absoluto, un espacio homogéneo sino de
diversas expresiones y corrientes.

Algunos grupos masculinos han surgido primordialmente para reivindicar
los derechos que los hombres sienten que han perdido a partir del
movimiento feminista. Y aunque reconocen que el modelo patriarcal ha
sido nocivo también para ellos y no sólo para las mujeres, y dan la
impresión de abogar por la igualdad de derechos entre los sexos, son en
realidad los "hombres de derecha" del movimiento. Porque tras este
discurso aparentemente humanista e igualitario, niegan tener poder en la
sociedad y el hecho de que las leyes, los medios de comunicación, los
gobiernos, la iglesia y la historia han estado y siguen estando de su
lado y en sus manos. Y niegan también que sus supuestas
"reivindicaciones de igualdad" terminan reforzando sus posiciones de
poder y control, tanto en el ámbito público como en la familia.

Estos grupos argumentan que los hombres están tan oprimidos como las
mujeres. Expresan cólera contra el feminismo por los desafíos que éste
les presenta y concentran sus energías en lo que ellos ven como las
ventajas relativas de las mujeres en comparación con los hombres.
Porque para ellos es mucho más fácil discutir lo que perciben como
violaciones a sus derechos que analizar cuánto se benefician en áreas en
que a las mujeres, y también a otras personas, de hecho se les niegan
los suyos.

Los hombres profeministas, por su lado, saben que deben criticar
abiertamente esas facciones de su movimiento que se involucran en
polémicas contra el feminismo y las mujeres. Son conscientes de la
necesidad de dar atención al dolor experimentado por los hombres,
derivado de una salud deficiente, de la tensión laboral y de su
experiencia de impotencia social; un dolor también producto del abuso
sexual que han sufrido, pero que mantienen herméticamente oculto
especialmente si el ofensor fue otro hombre. Pero saben que la mejor
forma de dar atención a esos dolores es contextualizarlos dentro de las
relaciones de poder de clase, de raza, de edad y sexualidad, por un
lado, y los efectos contradictorios del poder patriarcal, por el otro.

Son ahora miles los hombres organizados en grupos en Canadá, Australia,
Estados Unidos y Europa. En Australia, la organización MASA, que
significa Hombres contra la Violencia Sexual, ha conseguido incidir, con
su política profeminista, en la política social del país.

En Estados Unidos se realizan, desde los años ochenta, reuniones a las
que asisten hombres de diferentes estratos sociales y económicos, en las
cuales se hace un fuerte énfasis en la espiritualidad y el saber
indígenas. Allí se encuentran "maestros" y "hombres sabios" como los
guatemaltecos Miguel Rivera y Martín Prechtel.

También Latinoamérica está participando en estos cambios. En Costa
Rica, se reúne regularmente, desde hace algunos años, un grupo mixto que
reflexiona sobre las relaciones entre los géneros. En Nicaragua, la
Fundación Puntos de Encuentro para la Transformación de la Vida
Cotidiana inició hace algunos años un ciclo de talleres con hombres
jóvenes sobre la identidad, la sexualidad y la violencia doméstica. En
estos talleres se argumenta que no existe la llamada "esencia
masculina", sino que se aprende a ser hombre como se aprende a ser
mujer, y que el aprendizaje masculino en nuestras sociedades incluye el
aprender a ser competitivo, violento, impositivo, macho y homofóbico.
Sus participantes intentan aprender juntos a no caer en estériles
sentimientos de culpas y actitudes de odio o desprecio hacia sí mismos
por ser parte del género dominante, y más bien a confrontar con firmeza
en ellos mismos, en sus relaciones personales y a nivel social y
político, el ciclo de violencia en el cual viven.

El movimiento de hombres profeministas, en alianza con mujeres
feministas, también ha sido instrumental para promover una agenda
pro-hombres que reconoce la influencia de los dolores del pasado. Y
aunque aprecian la importancia de mejorar las vidas de los hombres,
creen que una de las maneras de hacerlo es viviendo en formas que
realmente hagan una diferencia y resistiéndose a la tendencia de
presentar a los hombres como víctimas.

Los hombres profeministas estuvieron presentes, en noviembre de 1996, en
la Conferencia Internacional sobre Violencia, Abuso y Ciudadanía de las
Mujeres, celebrada en Inglaterra, durante la cual presentaron estudios
críticos, análisis y resultados de experiencias sobre el tema de Los
Hombres y sus Masculinidades. Allí se abordó desde la conciencia
política del género y las políticas profeministas hasta la violencia
masculina contra las mujeres a la luz del Derecho Penal.

En esa conferencia, Latinoamérica fue representada por el psicólogo
nicaragüense Edgar Amador, profesor de la Universidad de Managua, quien
presentó una ponencia sobre la respuesta de los hombres a la violencia
contra las mujeres en Centroamérica, y destacó que "siempre fueron las
mujeres organizadas las que combatieron la violencia, la conducta
discriminatoria y el abuso por parte de los hombres, pero en 1993 un
grupo de hombres organizados decidió crear un espacio de reflexión y
actuar para poner fin a la violencia, aun entre ellos mismos". Amador
comentó, además, que a pesar de la suspicacia que ha despertado en
Nicaragua, el grupo ha logrado más aceptación y su labor se centra en la
reflexión de sus experiencias individuales y temas que generalmente no
se discuten entre los hombres.

Estos hombres de Nicaragua se dedican a realizar acciones conjuntas con
mujeres y otros grupos civiles para combatir la violencia sexual y
doméstica; participan en debates públicos, apoyan a los hombres que
desean superar el machismo y promueven la formación de grupos
similares. Uno de estos hombres se encuentra por algún tiempo en
Guatemala, impartiendo, a nivel rural, talleres sobre los hombres y la
masculinidad.

El programa expuesto en la conferencia en Inglaterra podría pasar
desapercibido para muchas personas. Sin embargo, representa un enorme
avance y la gran novedad de este fin de siglo que apunta alentadoramente
hacia un cambio cualitativo en la relación entre hombres y mujeres.
Porque aunque el persistente ataque a las mujeres y al feminismo
evidencia que no hay cambios significativos entre los "hombres de
derecha" del movimiento, los profeministas son ejemplo vivo de que sí es
posible el cambio, a través de actitudes y acciones conscientes. Este
"hacerse diferentes" puede ocurrir constantemente en sus vidas. En cada
sociedad existen restricciones específicas, pero también hay
posibilidades de transformación para las personas.

Los hombres profeministas afirman que lo que los hombres hacen y son
ocurre, y puede cambiar, en varias áreas. Aunque el terreno de las
relaciones sexuales y emocionales -- es decir, la convivencia en pareja,
la familia y el hogar -- puede ser el área de práctica más difícil para
los hombres, pues es desafiante el que su poder personal sea
cuestionado, las formas en que viven y se relacionan con otras personas
están abiertas al cambio. Los hombres pueden, por ejemplo, tratar de
establecer relaciones auténticamente íntimas y hacer que las relaciones
sexuales no sean opresivas sino de consentimiento mutuo; pueden
disminuir el poder patriarcal de la paternidad y pueden abandonar la
violencia contra la mujer, los hijos y las hijas. Generar cambios en
este nivel cotidiano, en las conversaciones, en el trabajo doméstico y
las emociones, erosiona los patrones de la opresión.

Espacios tales como el trabajo remunerado, los partidos políticos, los
sindicatos y otras organizaciones también ofrecen posibilidades para el
cambio político contra el patriarcado, ya que en ellos se encuentran
múltiples ejemplos de sexismo: la forma en que los hombres dominan los
puestos ejecutivos y se aferran a ellos sin dar paso a mujeres tanto o
más calificadas que ellos; los métodos de trabajo que excluyen
completamente a las mujeres; el acoso sexual; y también la conveniente
ceguera ante la condición y las experiencias de las mujeres. Los
hombres pueden intervenir en cualquiera de estos espacios.

Sin embargo, el cambio personal y espiritual de los hombres no será
suficiente para hacer frente a los problemas de explotación y
desigualdad de poder. Su crecimiento individual no conducirá
automáticamente a acciones personales o políticas que apoyen la igualdad
de género, y hasta podría ser que ayude a los hombres a acomodar las
demandas de las mujeres en un patriarcado más sutil y modernizado. Es
por ello que las estrategias grupales y colectivas son vitales para
desmantelar la opresión.

Conscientes de la necesidad de erradicar la dominación de género, los
hombres profeministas promueven el diálogo por encima de las
diferencias, la creación de alianzas y la política de coalición, pues
éstos representan espacios alternativos en los que se puede trabajar por
la igualdad de género. Así proponen que la estrategia más progresista
para los hombres consiste en solidarizarse y crear alianzas con las
mujeres, con indígenas, homosexuales y otras consideradas "minorías",
siempre bajo el principio del respeto a la diversidad. Proponen,
además, el desarrollo de una política de hombres profeministas en los
movimientos sociales progresistas y en el Estado. Y es aquí,
justamente, donde surge el mayor obstáculo.

El movimiento de hombres no ha logrado el necesario apoyo político a sus
demandas. Según el escritor Bob Connell, "el proyecto de transformar la
masculinidad no tiene prácticamente ningún peso político, ninguna
influencia en las políticas públicas ni recursos para su organización;
no cuenta con una base popular ni tiene presencia en la cultura de las
masas."

Esta falta de fuerza en el movimiento posiblemente tenga mucho que ver
con los hombres que ocupan los más altos niveles del poder: las
evidencias indican que los dirigentes a esos niveles simplemente no
están dispuestos a cambiar.

Al igual que muchos otros, los hombres poderosos protegen lo suyo pero,
a diferencia del resto, son los beneficiarios de lo que Connell denomina
"el dividendo patriarcal", otorgado a hombres exitosos o prominentes que
se someten al ideal masculino. Además del honor, el prestigio y el
derecho a gobernar que el patriarcado les confiere, los hombres obtienen
los considerables beneficios materiales y la buena vida que acompañan a
las posiciones de autoridad.

Las manifestaciones machistas que encierran a los jóvenes tras las
rejas, que los alejan de las aulas y los meten en problemas, también dan
a esos jóvenes la motivación y la autoridad para llegar a la cima, a
pesar de que son las muchachas quienes demuestran niveles académicos
superiores. ¿Por qué, entonces, querrían los hombres que ostentan las
más altas posiciones perturbar el modelo de masculinidad que los colocó
en ellas? Obviamente, una estrategia de vital importancia sería
involucrar hombres poderosos en el proceso de concientización,
convenciéndolos de recompensas que no sean las ofrecidas por el
patriarcado.

Personalmente, creo que es hora de analizar los efectos reales de los
valores masculinos dominantes sobre otras personas en la familia, el
trabajo, la política y también sobre sí mismos. El negarse a hablar, a
admitir debilidad y a mostrar vulnerabilidad, así como las prácticas de
control y dominio sobre otras personas, son tácticas exitosas de poder,
pero también son los puntos que provocan el colapso en los hombres.
Porque es un hecho que la opresión tiene un elevado costo también para
el opresor. Y si existe una lección que los hombres podrían aprender de
sus vidas cotidianas, de sus relaciones opresivas con las mujeres y con
otros hombres, y del dolor que el patriarcado les ha legado, se trata de
una lección muy antigua: la lección sobre el enemigo interno. Éstas
son razones importantes que deberían motivar al menos una intención de
cambio.

Creo que todas estas reflexiones deben ocurrir aquí y ahora porque ni
las mujeres ni los hombres que somos parte del tejido de este embrión de
nación llamado Guatemala, podemos permitir que se repita el genocidio de
las últimas décadas. Creo que la reflexión y el cambio deben darse
también porque no debemos seguir conviviendo en la ignorancia mutua
sobre "el otro sexo"; porque debemos dejar de vernos como sexos opuestos
si compartimos la misma Tierra, el mismo techo, y posiblemente la misma
cama y los mismos ideales de libertad, de hermandad, de solidaridad.
Porque debemos cuestionar, combatir y transformar esta arrogancia
patriarcal que sólo conseguirá postergar aún más la cosecha de la paz.

Y creo que la reflexión y las acciones concretas de cambio deben darse
porque la construcción de la masculinidad dominante, que aplasta la
humanidad de la gente, significa también la destrucción de la confianza
en niños y niñas que necesitan, por el contrario, modelos más positivos,
sanos e integrales en los hombres con quienes comparten su hogar y sus
comunidades; modelos que les permitan un desarrollo cimentado en la
equidad, la libertad y la esperanza. Si no podemos darles, hoy y aquí,
la sociedad que necesitan y merecen, debemos al menos intentar
ofrecerles modelos de conducta que reflejen nuestro compromiso con el
cambio y con la paz, para que les sea menos difícil afrontar la
segregación, la inseguridad y la violencia que, de hecho, les estamos
heredando.

Bibliografía

Arndt, Bettina. "Renuentes al cambio" (Getting the act together).
Revista Manhood. Australia, 1996. Traducción de Laura E. Asturias.

Cardelle, Frank. "Cara a cara". Revista Uno Mismo, Vol. III, Nº 11,
1992.

Criquillion, Ana. "La cuestión masculina: ¿Otro problema femenino?"
Suplemento Vamos de Compras, Diario Prensa Libre (Guatemala),
16-XII-94. Originalmente publicado en la revista Mujer/Fempress
(Chile).

Flood, Michael. "Antisexismo cotidiano" (Everyday anti-sexism).
Revista XY: men, sex, politics. Australia, 1995. *

Flood, Michael. "La política del género" (The politics of gender).
Revista XY: men, sex, politics. Australia, 1995. *

Mérola, Giovanna. "Hombres y masculinidades". Revista mujer/fempress
(Chile) No. 183, enero de 1997.

Pease, Bob. "Política profeminista" (Pro-feminist politics). Revista
XY: men, sex, politics, 6(3). Australia, 1996. *

Sellars, Nick. "Subdividir y dominar" (Subdivide and rule). Revista
XY: men, sex, politics, 3(3). Australia, 1995. *

Stoessiger, Rex. "Las escuelas les fallan a los niños" (Schools failing
boys). Revista Manhood Online. Traducción: Laura E. Asturias.

Wadham, Ben. "Violencia masculina: ¿Un mito?" (The myth of male
violence?). Revista XY: men, sex, politics, 6(1). Australia, 1996. *

Wildwood, Dez. "Abuso sexual de hombres y niños" (Sexual abuse of men
and boys). Revista XY: men, sex, politics. Australia, 1995. *

* Traducido y reimpreso por Laura E. Asturias con autorización de
Michael Flood, editor de la revista XY: men, sex, politics.

Masculinidad o masculinidades?

Masculinidad o masculinidades?

Alfonso Hernández*
* Psicólogo, profesor de la Escuela Normal Superior de Especialidades e investigador del Centro de Estudios de Género (CEG) de la Universidad de Guadalajara (UdeG).

"Siempre me ha desagradado ser un hombre... incluso la expresión ‘¡Sé hombre!’ me agrede como algo insultante, injurioso. Quiere decir: Sé idiota, insensible, obediente, soldadesco, y deja de pensar. La Masculinidad... una mentira odiosa y castradora... que es por su propia naturaleza destructiva, emocionalmente perjudicial y socialmente dañina".
Paul Therox1

A pesar de que en la última década se ha hablado con más frecuencia de la masculinidad y por supuesto de la feminidad, es decir, del género, se hace necesario clarificar lo que en este artículo se entiende por género: es aquello que diferencia culturalmente a los sexos, es decir lo no biológico, sino aquellas prácticas socioculturales que distinguen a los individuos en masculino y femenino; ésto evitará la confusión de lo que se conoce como "hombría" (sexo biológico) y lo que se conoce como masculinidad (género) que es de carácter histórico, socialmente construido e incorporados ambos factores en forma individual por el sujeto.
Al hablar de lo masculino es indispensable hablar de lo femenino en el sentido histórico, ya que el movimiento feminista, ha influido de una manera sólida en el surgimiento de movimientos reivindicadores de la masculinidad, no en el sentido de movimientos de revancha, sino en el sentido de un aprendizaje, de revelarse a un modelo único de masculinidad impuesto por la ideología predominante y que tanto ha costado a los hombres en lo individual o agrupados en minorías, que han tratado de sacudirse dicho modelo sin renunciar a ser ellos mismos.
La masculinidad, como un estereotipo, va siempre unida a determinadas cualidades, sobre todo asociadas con la fuerza, la violencia, la agresividad y la idea de que es necesario estar probando y probándose continuamente que se "es hombre".
De aquí que generalmente se aborde al hombre partiendo de dicho estereotipo, sin embargo, hay nuevas aportaciones a la investigación de los hombres desde la perspectiva de lo masculino, a partir de características positivas.
¿...y las mujeres? Ellas empezaron mucho antes que los hombres a descubrir que no hay sólo una forma de ser ellas, que hay diferentes formar de ser mujer, mientras que los hombres nos quedábamos asidos, prácticamente "agarrados" a nuestro modelo de "ser hombre", hasta fechas recientes en que se ha admitido y se ha hecho respetar por otros hombres que también hay otras formas de "ser" de la masculinidad que son válidas, aunque no correspondan al modelo homofóbico predominante en la actualidad. Esto se ha aprendido en gran parte de los movimientos feministas, del feminismo y sus traspiés, y por supuesto de sus aciertos, entre otros, el de "atreverse" que es una característica muy asociada al género masculino, pero parece que las mujeres la tienen más presente a través de su vida.
Entre los investigadores se ha encontrado la dificultad, de que a pesar de que el mundo del hombre es el de la esfera pública, éste como sujeto individual no habla de sí, sino que habla de "los hombres", de los otros, y menos de sus sentimientos; otros, han encontrado que ahora el hombre
2 se ha animado a hablar de sí mismo y aún más: que se está revelando a ser ese "superhombre" que corresponde al modelo, (y por lo tanto deseado e inalcanzable) de "ser atractivo, fuerte, proveedor, propenso a la violencia y la agresividad, protector de las mujeres, el que todo lo sabe y todo lo puede"; ésto va de la mano con el concepto de hombre y de "poder" del que habla Foucault "que establece que donde existe el poder hay resistencia".3 En este caso se da no sólo de parte de las mujeres dicha resistencia al modelo patriarcal, sino de los propios hombres al ver que ya no es posible llenar un modelo tan difícil de asumir en la época actual en que la situación socioeconómica y política ha obligado a la transición en los roles de género asignados.
Pero vayamos a lo que es ser masculino hoy día. En este mundo cambiante se dice que el hombre está transformándose, y que actualmente no sólo se está en un momento de transición, sino en una verdadera crisis. Más aún, como lo dice K. Thompson: "la masculinidad no está en crisis , sino que la masculinidad podría no existir".
4
Pero, ¿cómo es que puede hacerse esta afirmación? Thompson lo plantea en el sentido de que "La masculinidad como algo monolítico (hombría) no existe: sólo hay masculinidades, muchos modos de ser hombre".5
Estos modos de ser hombre y por lo tanto de masculinidades nos llevan a concluir que además del modelo predominante "hay tantas formas masculinas de fracasar como formas masculinas de tener éxito".6
Dentro de estas formas de ser hombre se incluyen los grupos minoritarios que han surgido a últimas fechas, entre otros, los que pudieran llamarse profeministas, pero que las feministas prefieren llamar "masculinistas"; también los llamados "guerreros de fin de semana", los grupos de hombres gays; y por supuesto, los que proponen y mantienen el modelo predominante de la masculinidad tradicional (agresividad, fuerza, valentía, etc.).
El hecho de considerar o partir de que hay sólo una masculinidad en singular, nos impide generalmente darnos cuenta de la variedad y gran riqueza de la experiencia de la masculinidad, ya que cuando uno cae en esta posición de señalar que sólo hay una forma de masculinidad se corre el riesgo de volverse fundamentalista y por lo tanto, caer en la intolerancia. El hecho de juzgar que sólo hay una masculinidad y que ésta es la "correcta" nos dejaría a una gran cantidad de hombres, (por no decir a la mayoría) fuera de lo "correcto". Ya se ha visto, que juzgar al hombre o a la mujer desde esa forma maniquea nos lleva a formas de discriminación desde las más sutiles, hasta las más burdas y que van en contra de los derechos humanos (de hombres y de mujeres). Recuérdese el caso de algunos centros de diversión y de otro tipo, en los cuales no se permite la entrada a las personas por no llenar requisitos (gente "bien" o gente "bonita") de feminidad o masculinidad socialmente impuestos por los grupos hegemónicos, cayendo así en el campo del racismo y la intolerancia a los diferentes, llámense éstos: afeminados, gays, lesbianas, morenos, negros, etc. En fin, grupos minoritarios y no tan minoritarios como serían los pobres.
El caer en ese tipo de absolutismo, también nos lleva a pensar que entonces habría que considerar que efectivamente sí hay "masculinidades" pero tratadas desde un punto de vista axiológico, de lo que es correcto, "bueno" y de lo que es "malo"; por lo tanto para los grupos predominantes en tanto que detentan el poder habría sólo un tipo correcto y por lo tanto "bueno" de masculinidad; los otros, serían incorrectos y "malos", siendo que en la sociedad se dan infinidad de modelos.
Sin embargo y a pesar de que estamos en una sociedad patriarcal y homo/lesbofóbica en que el amplio abanico de la masculinidad se ve reducido a sólo una opción pública (la correcta) y a otras clandestinas y/o privadas o solamente aceptadas por minorías o pequeños grupos cerrados, tornan muy difícil la elección conciente de pertenecer a un grupo cuyo referente no sea el "correcto" el "normal" o el "bueno".
Como dice la periodista Cristiane Collange en su libro No es fácil ser hombre, "cuando sólo hay un modelo en el escaparate, la elección es muy sencilla",
7 ni siquiera parece opción, ya que no había más. Pero ahora se está viendo en los jóvenes y en algunos no tan jóvenes, que se están atreviendo a ser diferentes o negándose a ser como sus padres fueron –ya sea por elección propia o porque no había más opción– como en el caso de los hombres actualmente desempleados y que se ven "obligados" por la situación socioeconómica a realizar el trabajo doméstico y el cuidado de los hijos. O áquellos que ven "invadido" su campo de trabajo por las mujeres, que aumentan cada vez más los porcentajes de las obreras, las contadoras, etc., con la consecuencia económica de que en lugar de que las mujeres obtengan los mismos ingresos por el mismo trabajo, provocan aparentemente que dicho trabajo desempeñado por ellas se abarate. Así mismo, algunos hombres han desafiado a sus grupos familiares y sociales de referencia al asumir ciertas actividades que usualmente realiza la mujer, sobre todo en el ámbito de lo doméstico y en el cuidado de los hijos. Esto se observa en los jóvenes universitarios y otros pertenecientes a la clase media; sin embargo, si ésto se hace público en su grupo familiar o en otros grupos sociales como en el trabajo, por ejemplo, hay un efecto de represión; entre su grupo de iguales, es más aceptado este tipo de masculinidad. Esto lo plantea Rafael Ramírez mas claramente cuando habla de que "los encuentros entre los hombres están trabajados por el poder, la competencia y el conflicto potencial; por supuesto no se excluye la capacidad para establecer relaciones de compañerismo, cooperación, lealtad y afectividad, pero estas ocurren en el marco de las relaciones de poder y significa sobreponerlas al juego del poder. Desde la niñez uno aprende a darse a respetar, a responder a las agresiones y a defenderse tanto física como verbalmente; a demostrar invulnerabilidad, valor y control. Crecemos en un ambiente en el que se nos exige la afirmación constante de esos atributos definitorios de la masculinidad. Las exigencias de lo masculino son muchas, existen variaciones en la forma de demostrarlo, que dependen de la clase social, religión, grupo de edad, condición física y mental y de los grupos de referencia, como los grupos de trabajo, instituciones educativas, vecindario y grupos de pares".8
Algunos investigadores –entre ellos Bly–, hablan de una nueva masculinidad en que se busca lo "profundo masculino";
9 es decir, el hombre firme, más no duro, que acepte sus emociones, sentimientos y sufrimientos, que descubra esa riqueza emocional y esa intensidad espiritual que posee pero que no muestra, porque no se lo permite ni se le permite, por no corresponder al modelo masculino predominante.
Esta imagen de la masculinidad, unida a cualidades positivas que propone Bly y las propuestas por H. Kaje,
10 en que invitaba a los hombres a acudir a cosas distintas a su trabajo o actividad para apoyar su identidad personal y valorarse mejor a sí mismos, están apoyando ahora, a grupos que buscan una nueva identidad que los lleve al reencuentro de sí mismos.
Otros estudiosos de las masculinidades como Meade
11 sostienen que en este momento nos encontramos al término de un período histórico en que se está acabando el dominio establecido por el arquetipo del hombre-rey, (o como diría Elizabeth Badinter12 el hombre-divinidad), y que en este momento, propicio para la aparición de movimientos reivindicadores de lo masculino, se puede llegar a los excesos; es decir, a la formación de movimientos dogmáticos e ideológicos que recuerdan en alguna forma al movimiento feminista en sus albores, con aquellas consignas más de tipo mítico que real de "las mujeres sí, los hombres no".
Por último, ¿qué es lo que pretenden los movimientos reivindicatorios de las masculinidades actualmente?
No se pretende luchar "contra" las mujeres o el feminismo, ya que no se les ve como movimientos antagónicos, sino como grupos coincidentes en cuando menos dos puntos básicos: el de ampliar los conceptos de democracia y de igualdad, y en el objetivo de tratar de "construir una explicación teórica que les permita transformar sus vidas" de una forma menos dolorosa y desde la práctica en lo cotidiano, para forjarse una nueva identidad, que como hombres les impida seguir siendo opresores.

Notas
1. Thompson, Keith. Ser Hombre. Ed. Kairós. Barcelona, 1993. p. 25.
2. Kaufman, Michael. Hombres. Placer poder y cambio. CIPAF. Santo Domingo, 1989.
3. Ramírez, Rafael. Dime capitán. Ediciones Huracán. Puerto Rico, 1993. p. 128.
4. Thompson, Keith. Ibíd. p. 11.
5. Ibíd. p. 12.
6. Idem.
7. Collange, Christiane. No es fácil ser hombre. Sudamericana-Planeta. Argentina, 1986. p. 33.
8. Ramírez, Rafael. Idem.
9. Thompson, Keith. Ibíd. p. 13.
10. Ibíd. p. 19.
11. Ibíd. p. 20.
12. Badinter, E. ¿Existe el amor maternal? Paidos-Pomaire. Barcelona, 1981.

Bibliografía
BADINTER, Elizabeth. Y la identidad masculina. Alianza Editorial. Madrid, 1993.
__________, ¿Existe el amor maternal? Historia del amor maternal. Siglos xvii al xx. Paidos-Pomaire. Barcelona, 1981.
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BOURDIEU, Pierre. "La domination masculine", en: Actes de la recherche en sciences sociales, Nº 84. París, 1990.
COLLANGE, Christiane. No es fácil ser hombre. Sudamericana-Planeta. 1986.
GILMORE, David. Hacerse hombre. Concepciones culturales de la masculinidad. Paidós. Barcelona, 1994.
HERNÁNDEZ, Alfonso. "La masculinidad, ¿poder o dolor?", en: La Ventana, revista del Centro de Estudios de Genero de la Universidad de Guadalajara. Guadalajara, Méx.
KAUFMAN, Michael. Hombres. Placer, poder y cambio. CIPAF. Santo Domingo, 1989.
__________, "Men, feminism, and men’s contradictory experiences of power", en: Harry Brod y Michael Kaufman, Theorizing masculinities. Sage Publications. Londres, 1994.
KIMMEL, Michael. "La producción teórica sobre la masculinidad: nuevos aportes", en: Fin de siglo, Género y cambio civilizatorio. ISIS Internacional. Chile, 1992. [Ediciones Las Mujeres, núm. 17].
________, "Masculinity as homofobia: fear, shame and silence in the construction of gender identity", en: Manhood: the american quest. Harper Collins. New York, 1994.
RAMÍREZ, Rafael. Dime capitán. Ediciones Huracán. Puerto Rico, 1993.
THOMPSON, Keith. Ser Hombre. Kairós. Barcelona, 1993.

Anticoncepción y aborto, entrevista a Françoise Héritier

Dos mil años son nada

Antropóloga y feminista, la francesa Françoise Héritier habla de la anticoncepción y el aborto como la gran “palanca histórica” que podría cambiar la vida de las mujeres, signada desde hace casi un millón de años por la relación jerárquica con los varones. Con renovado optimismo, esta discípula de Lévi Strauss dice en el segundo tomo de Masculino/Femenino que disolver esa jerarquía es posible, aunque llevará miles de años.

Por Veronica Gago

La antropóloga francesa Françoise Héritier estuvo en Argentina para presentar su nuevo libro: Masculino/Femenino II (Fondo de Cultura Económica). Su primer tomo (editado hace diez años) tenía como subtítulo El pensamiento de la diferencia y marcaba una opción teórica; este nuevo trabajo postula además un programa político: Disolver la jerarquía. Especialista en simbología corporal, esta discípula del antropólogo Lévi Strauss había constatado que la jerarquía en la representación de la diferencia sexual proviene históricamente de que las mujeres pierden su sangre sin poder impedirlo mientras que los hombres lo hacen voluntariamente (o accidentalmente) en guerras o en actos consentidos. De allí, Héritier dio un paso más: se ocupó de las leyes de intercambios de mujeres como modo de apropiación masculina del cuerpo femenino y de su fecundidad y comprobó que la “valencia diferencial de los sexos” está en el origen mismo de lo social: las mujeres fueron desde siempre consideradas esenciales para la supervivencia del grupo. La necesidad de desposeerlas de su capacidad de procreación, repartírselas entre los hombres y confinarlas a unas tareas domésticas previamente desvalorizadas –dice la autora en este nuevo libro– se debe a que “para reproducirse como idéntico, el hombre está obligado a pasar por el cuerpo de una mujer”. Desestimando interpretaciones que hablan de la envidia de las mujeres por el pene, Héritier explica que el origen de la dominación de un sexo sobre otro está en el control de esa “inexplicable” capacidad femenina de concebir por sí misma lo idéntico –mujeres– y lo diferente –varones–. De modo que para disolver la jerarquía lo primero es reconocer que las mujeres tienen derecho a disponer de sí mismas y de sus cuerpos: para Héritier el derecho a la anticoncepción y al aborto son la gran “palanca histórica” para cambiar la vida y las representaciones de las mujeres.

Foto: Juana Ghersa

¿En qué se diferencia este nuevo Masculi-no/Femenino de su investigación anterior?

–El primer volumen era muy etnológico, fundado en mi trabajo previo sobre las cuestiones relativas al parentesco, la alianza y el incesto: fue allí donde comprobé las constantes estremecedoras que significaban una inferioridad casi natural de las mujeres, incluso dentro del lenguaje. Entonces traté de entender de dónde venían esas representaciones universales que no tenían a las mujeres como sujetos de derecho, es decir, como seres libres de disponer de sí mismas y de su cuerpo y libres de acceder a los estudios y las funciones que eran propias de los hombres. El primer volumen describía más bien una situación y dejaba cierta sensación de desesperanza porque trataba de demostrar cómo esas cosas estaban anudadas desde los orígenes de la humanidad pensante, no por cuestiones biológicas, sino a partir de la reflexión que se hacía de ciertas observaciones. Pero luego comprendí que hubo en las últimas décadas acontecimientos mayores que abren la posibilidad de una igualdad, aun si no es para hoy mismo. Me refiero fundamentalmente al derecho oficial a la anticoncepción y al derecho al aborto, capaces de hacer cambiar el modelo de relaciones entre los sexos que llamamos arcaico en tanto modelo jerárquico y raíz misma de todas las discriminaciones y racismos. Si logramos cambiar el paradigma, se trataría de una revolución que implica el trabajo conjunto de varones y mujeres, y que puede llevar unos dos mil años, porque el modelo se construyó en alrededor de 750 mil años. ¡Si en dos mil podemos demolerlo es una gran cosa!

No suena muy optimista...

–Es porque las resistencias son muy fuertes y el modelo se transmite solo: cuando lo vivimos no lo pensamos y lo transmitimos a nuestros hijos desde que nacen. Por ejemplo, en una de las comunidades africanas que estudié pero que sirve para entender un modo universal, si el bebé varón lloraba había que acudir inmediatamente a atenderlo y, en cambio, si una bebé mujer lloraba el trato era otro. Esto supone que el enojo de un varón recién nacido es así por naturaleza: él es impaciente y hay que satisfacer rápidamente su demanda, mientras que una chica tiene que aprender a ser paciente la vida entera y hay que enseñárselo desde que nace. Esto crea dos tipos de individuos: los varones que piensan que es natural que se satisfagan sus deseos inmediatamente y las mujeres que están condenadas a la frustración. Además, otro problema que tienen las resistencias es que no podemos confiar en pedirles a los varones –en un espacio de dos o tres décadas– que renuncien a todos los privilegios que ellos consideran que les son naturalmente concedidos. Esto quiere decir que es necesaria una reflexión política común, especialmente al nivel de la educación, para descubir juntos cuáles son las ventajas para ambos sexos de la igualdad.

¿Cuál es la importancia de que “todo hombre tiene que pasar por el cuerpo de una mujer” para la instalación de la jerarquía sexual?

–Esto significa una cosa muy simple y es que los hombres no tienen la capacidad de parir. Incluso ahora mismo hay investigaciones médicas para ver en qué medida los hombres podrían gestar o estar embarazados. Eso sólo podría hacerse utilizando muchos medicamentos contra el rechazo, me refiero a un rechazo como el que produce el organismo ante un órgano implantado. Y esto sólo puede hacerse en tejidos en los que sería sumamente molesto, por ejemplo en los testículos y en el peritoneo. Es decir que incluso ahora la gestación para hombres es difícil. La idea es que la humanidad a lo largo de la historia se hace preguntas acerca de lo que ve y no tiene otra manera de responderse que por medio de su cerebro y sus sentidos. Cuando intenta dar respuestas racionales a situaciones que no son comprensibles y que parecen injustas lo hace a través de mitos. Hay muchos mitos que intentan explicar el misterio de que las mujeres puedan tener no solamente niñas sino también hijos varones. Porque gestar una hija es hacer lo mismo que una. La cuestión es que se ve claramente que lo mismo puede salir de lo mismo. Lo que se pregunta la humanidad es cómo hacen las mujeres para hacer lo diferente, lo que no se les parece. La respuesta histórica que se le dio a esta pregunta es que no es porque las mujeres sean todopoderosas que hacen seres distintos, sino que se debe a que los hombres ponen a los niños en ellas. Es una teoría que toma diferentes formas según las sociedades, pero siempre implica que es el semen el que aporta los hijos sexuados. Aun cuando el cuerpo femenino aporta su contribución para la gestación, el “plantado” viene de los hombres. Esta es la razón conceptual, compartida por ambos sexos, por la cual las mujeres fueron consideradas como un recurso de altísimo valor. De allí la preocupación de procurar que los hombres las tuvieran y conservaran para tener hijos varones. El resultado es toda una serie de reglas universales que suponen que los varones tenían ya autoridad sobre el cuerpo de las mujeres, de sus propias hijas y de sus hermanas.

De allí las reglas de parentesco...

–La prohibición del incesto los obliga a no conservar a las mujeres para ellos y sus grupos consanguíneos porque podría llegar a darse el caso de que carecieran de mujeres y el grupo mismo desapareciera. Más valía hacer vínculos con otros grupos consanguíneos a través del intercambio de mujeres. Esto es lo que llamamos exogamia. Si esto se redobla a través de lazos jurídicos y lo llamamos matrimonio y repartición sexuada de tareas, obtenemos lo que está en la base de la sociedad: que las mujeres son este material de reproducción, además de material sexual y laboral, y que por tanto hay que confinarlas a esos ámbitos. Por esto, en la mayor parte del mundo, hay aún tres grandes privaciones para el género femenino. No hablo en cantidad de personas, sino que me refiero al número de sociedades. Primero, la privación de la libertad, sobre el propio cuerpo femenino. En la mayoría de las sociedades las mujeres no pueden decidir si van a tener hijos o no y cuándo, y cuando están embarazadas son forzadas a llegar a término. La segunda privación es al acceso al saber y la enseñanza, para obtener la sumisión y, muchas veces, la adhesión completa de las mujeres a esa situación de sometimiento. La privación al acceso al saber está presente en la mayor parte del mundo, aun cuando las estadísticas de la Unesco nos muestran que las chicas acceden a la escuela: hay que tener en cuenta que esas estadísticas hablan de la entrada pero no de la salida. Una tercera gran privación es la del acceso a funciones de autoridad, sean políticas, económicas o religiosas. Por eso, más allá del resultado, le doy importancia a la candidatura de Ségolène Royal y a que haya sido relativamente respetada. Porque ese techo de cristal existe siempre en el mundo político, empresarial y universitario para las carreras femeninas.

Usted, a diferencia de ciertas posiciones extendidas en el debate europeo, dice que la prostitución no es un trabajo. ¿Por qué?

–Para mí éste es un debate crucial. Hablé recién de la satisfacción inmediata de las necesidades esenciales que se les ha dado a los varones desde niños y que los habitúa desde siempre a tener sus pulsiones satisfechas al instante. Esto lo comentaba a propósito de cuando tienen hambre, pero lo mismo sucede en el plano sexual. Las leyes sociales hacen que no sea tan fácil para un hombre tirársele encima a cualquier mujer, porque las mujeres siempre pertenecen a un padre, a un hermano, a un marido e incluso a un hijo varón. Esas mujeres están protegidas por hombres y por eso el crimen del adulterio o la violación es considerado generalmente como un ataque al honor de esos hombres que rodean a la mujer. Aquí verdaderamente estamos en el origen de las diferencias entre dos tipos de mujeres. Una, con quien un hombre se ha casado para tener hijos y otra que brinda a cambio de dinero placer sexual. Y pagar en este segundo caso sería no tanto pagarle a esa mujer, sino a su entorno: al proxeneta y las mafias de la prostitución. Para mí es evidente que las mujeres que están en situación de prostitución son la respuesta a la fuerte demanda masculina. Esta respuesta es tal que a los Estados y a los individuos en general les parece normal que haya cuerpos a su disposición. Por esa razón no puedo ni quiero pensar que la prostitución es un intercambio libremente consentido. Lo que hay que cambiar de fondo es la idea de que la pulsión sexual masculina es tan irreprimible y tan lícita que inmediatamente hay que satisfacerla y que, por tanto, hacen falta cuerpos para esto.